domingo, 8 de febrero de 2009

LECTURAS



"Arte, arte puro, arte propaganda"
Oliverio Girondo

El arte no debe «servir» a nadie, pero puede servirse de todo . . . hasta de la política. Hay que reconocer, sin embargo, que ésta nunca inspiró obras de verdadera importancia, debido a que los problemas que plantea –por apremiantes, por angustiosos que resulten– son de orden práctico y carecen, por lo tanto, del desinterés y de la libertad que requiere toda creación artística. Esto no implica, en lo más mínimo, que un artista no pueda encontrar en la política la veta que le conviene. La obra de Siqueiros está allí para demostrarlo. Podía o no gustar su pintura; negar que existe en él un pintor me parece arriesgado. Y eso es lo único que le interesa al arte. El contenido ideológico de la obra carece de importancia. Más aún: es su «obra muerta», lo que, en la mayoría de los casos, la hace encallar en el olvido.
De no ser así, una obra cuya ideología nos fuera extraña o contradijera a la nuestra, jamás lograría interesarnos, y un ateo se hallaría incapacitado –por ejemplo– de apreciar los frescos de Giotto cuando, en realidad, puede captar todo lo que hay en ellos de trascendental que, por cierto, no lo constituye el tema, la anécdota que nos cuenta el Giotto, ni tan siquiera su misticismo, sino la belleza que sus frescos encierran, la emoción estética que se desprende de ellos.
La superioridad del arte sobre las otras manifestaciones del espíritu sólo radica en eso. Ella se encuentra más allá de la moral, de la filosofía y por lo tanto de la política, porque, al crear belleza, encuentra una verdad, una «utilidad», una razón de ser en sí misma, y se libera, en cierto modo, de las contingencias del tiempo y del espacio, ya que expresa algo perdurable y universal.
Todo esto no significa, ni mucho menos, que el artista se aparte de la vida e ignore la existencia del calendario. Si una actitud semejante fuera posible, resultaría perniciosa, o, por lo menos, demasiado poco humana. El artista –ser sensible por excelencia– al contacto de la vida que lo rodea y lo modela, capta el ritmo de su época y traduce su acento en la obra que crea. Hasta en las épocas de mayor recogimiento no ha sucedido otra cosa, y es así, como
no es necesario un gran olfato para reconstruir, a través de la obra de arte más abstracta –un poema de Mallarmé, un cuadro de Picasso– la época en que se produjo.
Personalmente, sin embargo –pero aquí ya tocamos una cuestión de epidermis–, creo que un excesivo recato perjudica más bien que beneficia la creación artística. Por mucho heroísmo que entrañe, el sacrificio de la vida no redunda en provecho de la obra, y al menos para mí –y me parece para todo americano– el arte no debe ser una forma elegante de escamotear la vida, sino una posibilidad de vivirla más intensamente, pues así no sólo nos preservaremos de la monstruosidad que significa dejar de vivir para expresar lo que no hemos vivido, sino que nuestra obra resultará más entrañable y más
profunda.
De ahí proviene que el «arte puro «–lo que se ha dado en llamar el «arte puro», que en realidad no es tal– jamás consiga entusiasmarme y aunque obligue, a veces, mi admiración, me deja, a pesar de ella, un gustito que me repugna. Me acontece con él lo que me acontece con los reptiles: i son admirables, pero me dan frío!
A tanta perfección, a tal pureza, prefiero lo desgajado y lo viviente; aspiro a un arte de carne y hueso, con cerebro y con sexo, menos perfecto, o de una perfección disimulada baja una trabajosa y cálida espontaneidad ; un arte para todos los días, un poco popular, un poco desgarrado —si se quierepudoroso en su impureza, contenido dentro de la más absoluta liberta de expresión, un arte, en fin, cuya dignidad le impide hallarse al servicio de nadie, ni de nada, y obedezca, tan solo, a las necesidades de su propia existencia.

NOTA
Texto omitido de las bibliografías sobre Girondo. Publicado en "Contra. Todas las escuelas Todas las tendencias Todas las opiniones. La revista de los francotiradores”. Buenos Aires,
Número 4, Agosto de 1933.
El escrito fue «descubierto» por Alfredo Rubione e integra como apéndice su trabajo Oliverio Girondo en «Contra».






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